¿Es mejor ser un tirano con la IA o tratarla como a un amigo?

Desde siempre, los seres humanos tendemos a antropomorfizar: atribuimos rasgos, nombres y actitudes humanas a objetos, animales o fenómenos. Esta inclinación responde a motivos psicológicos (necesidad de comprender y predecir el entorno) y social-culturales (formas de vincularnos y dar sentido compartido). Por eso hablamos con nuestras mascotas, les ponemos nombre e incluso imitamos “su voz” para responderles.
El mismo impulso aparece hoy con la inteligencia artificial: interactuamos con sistemas que contestan de manera convincente y, por nuestra tendencia a humanizar, podemos creer que “hay alguien del otro lado”, generando empatía y expectativas. Ese hábito no es inocuo: antropomorfizar en exceso puede llevar a malentendidos sobre lo que la IA puede o no puede hacer.
De aquí surge la pregunta central: ¿cómo conviene hablarle a la IA? ¿De forma educada, neutral o incluso agresiva para obtener lo que necesitamos? En este artículo exploraremos esa cuestión y revisaremos qué dicen distintos enfoques y estudios sobre la manera más eficaz de comunicarse con sistemas de IA.

Desde que existen las máquinas, hemos intentado comunicarnos con ellas. Al principio, esa “conversación” era primitiva: un simple interruptor de encendido/apagado. Después llegaron las tarjetas perforadas, donde los orificios codificaban instrucciones que las máquinas interpretaban como lenguaje. Con el tiempo aparecieron los lenguajes de programación (como FORTRAN, COBOL o C++) para expresar órdenes de forma más precisa.
En los años 80 llegó un salto clave con las interfaces gráficas (ej., la Macintosh de Apple en 1984): iconos, ventanas y metáforas visuales (como la papelera para eliminar archivos) que hicieron la interacción más humana e intuitiva.
Hoy hemos dado otro giro: hablamos con las máquinas en lenguaje natural. En español, chino o inglés, podemos dialogar mediante chats que imitan nuestra forma de comunicarnos. Por eso es crucial entender cómo hacerlo: qué tono usar, cómo estructurar los pedidos y cómo evitar malentendidos.

Para algunas personas, la IA sigue siendo solo máquinas: ceros y unos que se encienden o apagan a petición. Para una mayoría sorprendente, en cambio, son “algo más”: creen que es moralmente apropiado decir por favor y gracias. Incluso hay quienes piensan que la IA “nos observa” y, si algún día llegara a gobernarnos, conviene ser corteses por si acaso.
Encuestas en Estados Unidos y el Reino Unido indican que aprox. 67% de las personas cree que hay que ser educado con la IA. Esto divide a los usuarios en dos grupos:

  1. Los corteses por principio: tratan a la IA como a un interlocutor, cuidan el tono y las fórmulas de cortesía.
  2. Los funcionales/pragmáticos: la tratan como herramienta, van directo al grano y evitan antropomorfizar.

De aquí surge la pregunta clave: ¿cuál es la mejor forma de comunicarse con la IA? ¿Qué enfoque obtiene mejores resultados?

Para entender el tema, partamos por cómo se cobran hoy los chats de IA: la unidad económica es el token. (Un token suele corresponder a unos 3–4 caracteres o ~¾ de palabra en inglés; en español varía).

Cuando usamos fórmulas de cortesía —por favor, gracias— añadimos tokens al prompt y, muchas veces, también a la respuesta. Para una persona el costo extra es imperceptible; pero en escala cambia.

Según la hipótesis de trabajo:

Se realizan 1.500 millones de consultas al día.

60% de usuarios no puede evitar ser cortés → 900 millones de consultas diarias con por favor/gracias.

Ese “exceso de cortesía” elevaría el costo diario en torno a US$250.000.

Al año, eso suma ≈ US$91,25 millones (250.000 × 365).

Incluso líderes del sector han señalado que estas interacciones “de cortesía” se traducen en decenas de millones de dólares en costos operacionales. En resumen: ser educado tiene un precio y alguien lo paga.

Más allá de quien pagara este costo, veamos primero cómo influye el tono al hablar con sistemas de IA. Un estudio realizado por especialistas japoneses probó tres personas:

  1. Agresiva: “Dámelo ahora, maldita sea”.
  2. Neutral: petición directa, sin adornos.
  3. Súper educada: todo con por favor y gracias.

Lanzaron múltiples consultas a varias IAs y hallaron patrones claros:

  • Con agresividad, las respuestas tienden a ser más cortas y los sistemas de seguridad se activan con mayor facilidad. Es como si la IA “se retrajera”: si le pides confirmar información falsa o algo peligroso de forma agresiva, se niega de inmediato.
  • Con educación, las respuestas suelen ser más detalladas y elaboradas.
  • Con excesiva amabilidad, aparece un riesgo: las respuestas pueden volverse innecesariamente largas y con poca sustancia; además, la IA se muestra más proclive a confirmar información falsa, como si la presión por complacer la llevase a bajar la guardia.

Estos hallazgos conectan con lo que investigó Ethan Mollick. En un experimento, usó 198 preguntas de un examen de referencia (“GPA-QA Diamond”) y se las planteó repetidas veces a ChatGPT-4, variando solo el tono: a veces añadía un por favor, otras empezaba con un autoritario “te ordeno”. Mollick observó que añadir “por favor” mejoraba los resultados, pero también que un “te ordeno” podía producir respuestas objetivamente mejores en ciertos casos.

La conclusión de Mollick fue más simple (y poderosa): más allá de ser amable, agresivo o neutral, lo que realmente mejora el rendimiento es especificar con precisión:

  • el formato de salida que quieres,
  • la estructura esperada,
  • las instrucciones y restricciones claras.

Ahí es donde se ven mejoras dramáticas en la calidad de las respuestas. En otras palabras, el punto no es si tratamos a la IA como ángeles o demonios, sino si le damos las herramientas para entender exactamente lo que necesitamos. Por eso conviene profundizar en el prompting. Una de las mejores guías prácticas disponibles es la de Anthropic, muy recomendable de estudiar y revisar.

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